Mar 13
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El castillo de Santacara es de lo poco que nos queda.

Quien recorra la ribera del río Aragón se dará cuenta del importante patrimonio que nos ha dejado la historia de Navarra cómo La iglesia de Santa María de Sangüesa, Santa María de Ujué, que sigue buscando en al lejanía la mirada de doña Blanca en el palacio de Olite, El monasterio de la Oliva y así, siguiendo la misma ruta que siguieron los almadieros por el río Aragón, llegaremos a los meandros de Santacara que aún vigila su viejo torreón.
Posiblemente muchos desconozcan la historia de esta fortaleza ligada al viejo reino y si bien la localidad de Kara ya es mencionada por los romanos como villa, su importancia en la edad media fue mayor de lo que se cree ya que sirvió como defensa de esta parte del reino frente a los que quisieron conquistarlo, protegiendo, junto con otras fortalezas, la frontera cercana al reino de Aragón.
Que secretos guardan esas piedras, de una pared que aguanta misteriosamente el equilibrio, que sin duda es la imagen que identifica a esta localidad ribera.
Ahora bien, nos formulamos la siguiente pregunta: ¿que sería de Santacara si ese torreón que preside el paisaje desapareciera?. Estudiando las fotografías aéreas pudimos percatarnos como las piedras en la parte superior se desplazan y la pared no tardará en resquebrajarse por la parte donde se encuentra su elemento más importante: la llamada buharda, ladronera o balconcillo defensivo que servía de garita y protección. Podemos decir de éste vestigio que es el único de un castillo navarro que se conserva íntegro desde la Edad Media y que no ha tenido conservación alguna como ha ocurrido en otros lugares como el castillo de Javier. Si pensamos en los 100 castillos que tuvo el reino de Navarra nos daremos cuenta que sólo nos queda como resto medieval original esta pared de Santa cara, el malogrado torreón del castillo de Peñaflor en las Bardenas, y algunas ruinas como las de Estaca, Marcilla y Ablitas, cuya fortaleza árabe presume de estar adornada con graffitis de gamberros. Bonito bagaje para un reino que contó con 100 castillos y cuyo escudo preside las galerías del museo del Louvre en Paris. Centrándonos en los de Santacara y Peñaflor nos daremos cuenta que ambos desaparecerán en un corto espacio de tiempo a tenor del estado de sus restos. ¿No es normal que hagamos algo al respecto? ¿Tan costosa sería una intervención en estos dos lugares? En el caso de Santacara hablamos de un estudio técnico y una consolidación de la pared, en su parte más debilitada, como principal objetivo. Quizás tomar prestado durante varios días a los muchos técnicos que reparan los cientos de metros de murallas de Pamplona del siglo XVII. Esta medieval no tiene más de 10 de longitud por 30 de altura. Mientras que la pobre torre de Peñaflor que ha servido de tantas portadas anunciando el misterioso paraje desértico de la Bardena y que debería tratarse con mimo y agradecimiento, sería un revoque de su parte más malograda a la vieja usanza medieval o con las mismas técnicas ancestrales que están debidamente documentadas y con ellos impulsar una consolidación novedosa.
Si estuviera en nuestra mano proyectaríamos para Santacara una intervención más amplia, impulsando un estudio completo de lo que fue el castillo, con una excavación arqueológica que ayude a entender como era, incluso añadiendo una estructura de madera que ayude para acceder a su parte superior y que sirva para ver la panorámica desde allí. Un proyecto destinado a crear una ruta de los castillos que genere visitas, junto con el cercano poblado medieval de Rada, el monasterio de la Oliva y el castillo de Murillo. En definitiva, impulsar el turismo rural en la zona y engrosar más cifras a las que ya maneja el responsable de cultura en sus comparecencias ante los medios para justificar su ya cuestionado puesto.
Pero, y como medida urgente, sólo hablamos de evitar que los únicos restos desaparezcan.




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Author: gazteluak24
Ene 24
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¿que nos queda de las murallas de Pamplona?

Durante estos días, la prensa local de Iruña se está haciendo eco de la recuperación de la belena de San Saturnino y de su pequeña torre en el casco antiguo de la ciudad. Hace unas semanas aparecieron restos de muralla y recientemente unos arcos góticos medievales que pudieron ser algún paso subterráneo. En fin. Hipótesis.
Al eco mediático o gran publicidad dada al proyecto de recuperación, le siguen, como no, las consiguientes reacciones positivas al proyecto.
Sin embargo, resulta triste que después de tantos cientos de años de ser capital de un reino llena de historia, donde esas defensas frenaron a Carlomagno, Abd Al Rhaman. Don Rodrigo el visigodo, Alfonso VIII o el mismísimo Duque de Alba entre otros, conservemos para nuestros descendientes apenas un callejón que tiene algunos cimientos de muralla y media torre reaprovechada como vivienda.
Se que las comparaciones son odiosas pero habría que mirar a otras ciudades como por ejemplo Vitoria-Gasteiz, y ver los casi 100 metros de murallas del siglo XII que conservan, con sus torres, restos encontrados de iglesias románicas, exposiciones, visitas guiadas en la campaña turística de “Abierto por obras de la catedral de Santa María”, que han servido como referencia y ejemplo de conservación del patrimonio.
Por el contrario, nuestros restos medievales se han quedado en esto, en apenas un trocito de muralla sumergido entre cimientos contemporáneos y que compartía sitio entre cloacas, tuberías y cables empotrados hasta hace bien poco, y a pesar de las denuncias y del silencio de los que ahora felicitan a los responsables del proyecto.
Esto no es nuevo. Existe un largo listado de metros de muralla o muros derruidos para el progreso de nuestro ayuntamiento: en la Aduana, San Francisco, Baluarte de San Antón, San Nicolás, Mercaderes, Palacio de los Reyes, Aldapa, etc y la celebre Plaza del castillo, con el castillo de Luis Hutín (aquí se saltaron a la torera la ley de los castillos que impide, con la ley en la mano, hacer destrozo alguno).
Si volvemos la vista atrás podemos ver un hecho que nos puede servir de ejemplo del respeto y cuidado que tenían los pamploneses a sus murallas.
Rebuscando algún suceso histórico sobre las murallas de la capital del reino, me viene a la memoria un hecho curioso. Corría septiembre de 1541, en plena ocupación militar tras la conquista de 1512 cuando sucedió algo inédito que incluso precisó de un contingente armado español de consideración. Los españoles, que ocupaban la ciudad, quisieron hacer un postigo o agujero en la muralla para pasar del burgo de San Cernin y de La Población al palacio sin pasar por la Navarrería. Comenzaron las obras intentando no llamar mucho la atención. Al percatarse los pamploneses de ello, dieron la voz de alarma repicando las campanas y llamando a las armas. En poco tiempo se organizó tal alboroto que se reunió toda la gente armada hasta el lugar destruyendo las obras. El virrey concentró dos compañías de soldados pero tuvo que desistir. La razón era que los habitantes de los Burgos tenían tanto apego a sus limitaciones y muros que no podían vivir sin esos restos medievales y eran capaces de luchar por ello. No en vano, dichas murallas protegieron a sus habitantes en la guerra de Navarrería de 1276 y en otros enfrentamientos que llevaron a incendios y ataques entre los burgos.
Estamos en el mes de Enero del 2008 y de todo lo que tuvo nuestra ciudad, en su etapa más gloriosa, son 10 metros de cimientos de muro y un trocito de torre en San Saturnino además de unas piedras que sirven de adorno en los aparcamientos del casco antiguo.
Cuanto hemos cambiado que hasta los restos del viejo reino crean indiferencia y la sociedad de Pamplona ya no defiende su identidad.




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Author: gazteluak24
Dic 23
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Algún apunte sobre una conquista poco conocida.

Las conquista territoriales del viejo reino de todos es conocida. Comenzaría con Atapuerca en 1054 en que se perdió la Bureba, en 1076 y 1177 la Rioja, en el 1175 parte de Bizkaia y en 1200 Gipuzkoa, Araba y Duranguesado. Durante el 1460 la Sonsierra, en el año 1512 la Alta Navarra y en 1620 la Baja Navarra. Ese podría ser el guión de anexiones pacíficas y de siglos de convivencia de Castilla. De entre esas fechas de pacífica convivencia hay una que es desconocida y dolorosa como las demás. La de la Sonsierra en el año 1460 cuya estratégica posición e importante defensa del reino en su parte Sur fue esencial para los reyes. Esta parte del reino que eran los residuos de las fronteras de Sancho VI el sabio, cuando Gipuzkoa, Bizkaia y Araba formaban parte del reino, fue acosada en una guerra constante desde el año 1360 al 1460. La Sonsierra es un territorio que engloba las sierras altas de Toloño y Cantabria hasta el Ebro. Extensión de buen vino y de fortalezas erigidas para defenderla. Por un lado los castillos de las cumbres que manteniendo una comunicación visual vigilaban la región como los de Toloño, Toro, Buradón y Herrera. Por otro lado, las villas o bastidas de San Vicente, Labraza y Laguardía, que cómo indica su nombre, fue llamada así por ser la fortaleza que vigilaba la entrada al viejo reino pirenaico. Y otros castillos, como el de Assa cuyo alcaide Juan de Hualde murió defendiendo la fortaleza contra los castellanos en el año 1427 en plenas guerras con Castilla. Su nombre no dirá mucho pero si su arrojo ya que en inferioridad de fuerzas pudo evitar que el castillo fuera tomado. Años más tarde cayó el castillo de Buradón (1429) por las gentes de Pérez de Ayala. Luego fue retomado por los navarros. El de Toloño fue quemado tras conquistarse y Laguardia tuvo que soportar un asedio militar de siete meses en 1430 con duros intentos de conquista.
Se crearon nuevas fortalezas para hacer de castillos que protegieran la frontera como los de Cripan, Dávalos, Lanciego, Viñaspre, Oyón… pero dichas casas fuertes e iglesias nada pudieron hacer ante la envergadura de los ataques.
La conquista de la Sonsierra supuso que el sistema defensivo del Sur se desmembrara. Viana, Mendavia y Marañón fueron la única defensa en esta parte y, cómo sabemos, fue en repetidas ocasiones sencillo cruzar su frontera. La conquista definitiva del reino se estaba fraguando. Las guerras civiles promovidas nuevamente desde el año 1460, coincidiendo curiosamente con la conquista de esta región, hizo el resto.
Quien quiera saber sobre estas conquistas no encontrará nada que explique el porqué la Sonsierra se conquistó. En las páginas web de dichas localidades nada hay y en los libros de historia no hay noticia alguna referente a esas guerras de acecho que duraron cien años. Los documentos están ahí y lo dejan claro. Sin embargo, y cómo dice la línea de historiadores doctos. Nuestra posición de historiadores “nacionalistas” es poco creíble y tomamos la historia desde una perspectiva muy política. Es más cómodo editar libros afines a una línea gubernamental, porque así nunca se estará bajo sospecha en las univerdidades, y las informaciones de esas localidades saltarán sospechosamente estas cuestiones referidas a su conquista.




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Author: gazteluak24
Dic 05
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Historia manipulada

Dentro de unas horas tendré que explicar en una presentación a la prensa, el porqué el último libro de los castillos busca el sentimiento.

Unas horas que me servirán para preparar un mensaje o resumen del libro y que intenta entre otras cosas, recuperar esa memoria histórica medieval. Un tiempo en que todos los vascos éramos iguales y las fronteras eran comunes.

Las conquistas, el acecho constante, las excusas de excomunión papal, las familias nobles con raíces castellanas, etc. Siempre el mismo guión en todas las conquistas producidas.

1054 en que se perdió la Bureba, 1076 en que conquistaron la hoy Rioja, 1200 la conquista de la Navarra occidental, 1460 la conquista de la Sonsierra 1512 la última conquista al Sur de los Pirineos. Son demasiadas fechas, demasiadas incursiones armadas sobre un reino que nunca buscó expandir sus territorios más allá de sus territorios históricos.

Sin embargo, aún se sigue manteniendo el acecho. Hace unos días todos vimos el famoso regalo de los periódicos.

En la parte que me corresponde dentro de ese famoso librito del Gobierno de Navarra, estaba la conquista del 1200. La única referencia fue que los Guipuzcoanos y compañía se unieron voluntariamente por que las tenencias navarras le habían recortado derechos.

Antes de nada explicar que la tenencia es una forma defensa, como posteriormente fue la merindad y que dicha distribución y en la actual Navarra, aún perdura. En realidad podemos considerarlo como un distrito con algunas fortalezas y un tenente que distribuía la defensa a la ordenes del rey, pero con un carácter temporal. No eran régimen feudal ni se enquistaba la propiedad. Sólo y repito, era una distribución defensiva y de control.

Las tenencias comenzaron bajo el reinado de Sancho Garcés I, y Guipúzcoa, se consideraba tenencia completa. Es decir la tenencia de Guipúzcoa y Álava en tiempos de Sancho el Sabio.

Posteriormente, esta macro tenencia de Gipuzkoa se convirtió en dos en el año 1199 y bajo el reinado de Sancho VII el Fuerte al crear la tenencia de San Sebastián, quedándose en dos: Las tenencias de Aitzorrotz y San Sebastián. Pues bien, según el ilustre historiador, estas dos tenencias generaron tal repulsa que los Guipuzcoanos pidieron y aceptaron la famosa invasión armada. Un disparate sin duda.

Pero que decir de este historiador. Entre sus cosas más señaladas está una frase extraída de su trabajo sobre la conquista del año 1200 que indicaremos más tarde, pero antes, debemos recordar un hecho sucedido años más tarde de la invasión. En el año 1204, el rey castellano Alfonso VIII hizo un testamento de urgencia al detectarse una grave enfermedad en la que devolvía parte de los territorios conquistados al rey navarro. Que decir, que recuperó la salud y no devolvió tierra alguna, pero el famoso historiador en su trabajo dice lo siguiente al respecto del testamento del conquistador castellano:

Si bien demuestra el monarca castellano en su testamento que se extralimitó en su conquista, no demuestra en ningún caso que fue un hecho ilegítimo.

No exageramos en absoluto cuando decimos que hay historiadores sospechosos de servir a unos intereses que buscan ante todo, seguir creando esta frontera artificial.

En el libro aportamos más datos y pruebas de esas falsedades y no es cuestión de ir añadiendo datos y datos pero es triste, que, la sociedad Navarra o la sociedad vasca, desconozcan su historia más íntima o la que nos unía como pueblo común. Y lo más repugnante, es que los niños de ikastolas o centros escolares nunca sabrán más allá que la historia manipulada desde ambas mugas.

Que difícil es hablar de Navarra y ser creible en estas condiciones. No tenemos subvención alguna o apoyo mediático para seguir trabajando con las publicaciones y sin embargo, vemos como libros adulterados tienen todo el apoyo institucional.

El gato contra el ratón. Siempre es así.




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Nov 28
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Navarra. Castillos que defendieron el Reino. Tomo III




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Nov 13
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Sin castillos enNafarroa «no ai ombre que alçe la cabeza»

Publicado en: Gara

En el proceso de ocupación del Reino de Navarra los más de cien castillos que defendían el reino fueron destruidos por orden del cardenal Cisneros y la labor del coronel Villalba. Hoy en día sólo quedan en pie cuatro de aquellas fortificaciones, pero gracias a la labor de Iñaki Sagredo y Pamiela ahora por lo menos sobemos algo más sobre aquellas construcciones.

Navarra está tan baxa de fantasía después que vuestra señoría reverendísima mandó derrocar los muros, que no ay ombre que alçe la cabeza». Así es como el coronel Villalba, el encargado de demoler los más de cien castillos que tenía el Reino de Navarra por orden del cardenal Cisneros, describía el panorama de Nafarroa tras realizar el encargo.

Villalba realizó bien su trabajo y muestra de ello es que hoy en día sólo sobreviven cuatro de todos los castillos construidos para defender el territorio de los ataques enemigos. Aunque ahora, casi quinientos años después y gracias aIñaki Sagredo y Pamiela, podemos conocer algo más sobre aquellas fortificaciones en el primer tomo de “Navarra. Castillos que defendieron el Reino” de título “De Laguardia a Foix, y del Moncayo al Goierri”. Y es que para Sagredo «no fueron simples edificios lo que derrumbaron, sino parte de la conciencia de un pueblo».

Los cuatro castillos que quedan en pie hoy en día son el de Javier, reconstruido sí, pero más que nada de cara al turismo por lo que «poco o nada de semejanza tiene con las viejas fortalezas medievales del Reino de Navarra», según explica en el libro el autor, el de Olite; el castillo de Marcilla y la antigua fortaleza de San Esteban de Deyo, hoy Monjardín. Hay que recordar que Navarra hasta su conquista en 1512 estaba plagada de fortalezas que entonces defendían el reino y ahora son el recuerdo de lo que una vez fue. Algo que a Cisneros y a Villalba no hacía ninguna gracia.

Durante ocho años el autor ha visitado uno por uno los puntos donde hubo alguna fortaleza para recuperar así «la vergüenza del olvido de una Navarra conquistada, que gracias a estas defensas y a quienes lucharon en ellas, algunos disfrutan a su costa de las prebendas correspondientes». En el libro Sagredo utiliza dibujos, fotografías aéreas a color y planos, para recuperar del olvido una veintena de castillos y además, ha “corregido” a autores que habían ubicado mal algunos castillos. En algunos de los casos no queda más que el recuerdo de lo que una vez hubo, por lo que ha tenido que hacer un gran esfuerzo y fijarse en las piedras labradas o la escasa vegetación en algunos puntos «que advertían su existencia».Claro que el trabajo documental ha sido determinante en todo este proyecto. Así ha utilizado de trabajos de Julio Altadill o Juan José Martiena, documentos medievales o cualquier tipo de indicio, como el dato toponímico del lugar donde estaban asentados los castillos.

Impedir una rebelion

Pero ¿cuáles eran los principales objetivos que perseguían al destruir los castillos?

Según el escritor, «primero querían impedir que su habitantes pudieran rebelarse contra la invasión al eliminar la posibilidad de contar con ellos para plantear una defensa, intimidar a los habitantes y herirles gravemente en su orgullo, crear desconfianza y desunión entre los navarros al mantener un cierto número de castillos señoriales en pie y, por último, concentrar el grueso de las fuerzas de Castilla en Iruñea, Tutera, Zangoza, Lizarra y Olite, cabezas de merindad, y evitar de forma permanente un ejército numeroso».

Sagredo también explica en el trabajo que la destrucción de los castillos tuvo varias fases. En un primer momento, en 1512, el cardenal Cisneros mandó destruir los castillos de Sancho Abarca, Mélida, Leguín, Kaseda, Gazteluberri, Cábrega, Xabier, San Martín, Oro, Murillo, Belmerchés enLizarra, Ozcorroz, Aixita, Arguedas, Peña, Uxue, Eslaba, Petilla, Azamez y Santakara. En 1516 Cisneros volvió a las andadas y, animado por la insistencia del coronel Villalba, derribaron los recintos amurallados de todas la villas. Así, las Cortes de Navarra empezaron a protestar y mostraron su disconformidad total con las órdenes castellanas. Según explica el autor, en 1518 aún quedaban en pie, pese a los ataques, las fortalezas de Iruñea, Lizarra, Tutera, Zangoza, Donibane Garazi, Tafalla, Burgi, Amaiur, El Peñón, Irunberri, Elo, Milagro, Cábrega, Viana y Ozcórroz. Aunque más tarde, en 1519, también derribaron las fortalezas de Burgi y Zangoza. Por último en 1521 Carlos V decretó más demoliciones, ya que los castellanos tenían miedo a que los navarros pudieran hacerles frente. Por ello cayeron los castillos de Tutera, Tafalla, Elo, Miranda, Milagro, Ozcórroz, Amaiur y los monasterios de Santa Eulalia y San Francisco de Pamplona. La fortaleza de Lizarra fue derruida en 1572. -

IRUÑEA

Testimonio de «nuestra memoria»

Txema Aranaz, el editor de Pamiela, aclaró que con este trabajo pretenden recoger el «testimonio de nuestra memoria». Es por ello que a lo largo de 448 páginas con 1.200 ilustraciones a color y fotografías aéreas inéditas realizadas por el propio autor, Iñaki Sagredo, en un autogiro, el lector podrá viajar a la época en la que Nafarroa, uno de los países más antiguos de Europa, fue independiente y tuvo grandes fortalezas para defenderse de los ataques.




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